Fillias Naturalia

El cerebro de Felipe González Corredor ha conectado varios hechos e imágenes de su vida de una manera tan extraña y caprichosa como los seres que habitan esta exposición. 

Cuando niño, Felipe fue gimnasta olímpico. Sus papás tuvieron un taller de cerámica utilitaria, donde hacían platos, jaboneras y otros productos. Tuvo mucha cercanía con la naturaleza por cuenta de que su mamá era educadora ambiental y su hermano estudiaba biología. Era fan de los cómics, como Spawn, y con el tiempo de artistas como H. R. Giger, Louise Bourgeois y Ernst Heckel. 

Estos datos empezaron a mezclarse en su cerebro como si se tratara de un caldo, un caldo primigenio como el que se formó hace miles de años en el planeta Tierra y empezó a forjar las primeras formas de vida, microorganismos que bien podrían parecerse a las figuras que Felipe ha creado en su torno y su horno, poniendo a rotar la arcilla sobre su propio eje, quemándola a temperaturas de más de mil grados centígrados, mezclando minerales como un alquimista para lograr colores soñados y texturas imposibles.

La gimnasia le ha servido a Felipe para tener resistencia corporal y una buena postura para sentarse horas enteras a manipular la arcilla en el torno. Su experiencia con la cerámica utilitaria lo ha ayudado a adquirir técnicas y la capacidad de solucionar retos y problemas que le exigen los clientes. En una ocasión, un cliente le pidió fabricar una pipa de agua.

 

El reto de fabricar la boquilla que se hunde en el agua le dio la idea de ponerle patas y tentáculos a esos seres que poblaban su imaginación, una imaginación estimulada por los insectos y organismos marinos que estudiaba su hermano mayor, las tarjetas de cómics que traían de Estados Unidos sus amigos del colegio y las bestias biomecánicas del creador de Alien.

Uno podría pensar que su obra es puro azar, pero pareciera que el destino hubiera fabricado todas estas coincidencias para que él estuviera en el lugar correcto, con las influencias y circunstancias correctas para crear estos bichos, estos monstruos, estos moluscos, o lo que quieran que sean estos seres, unos seres que invitan a ser tocados.

 

El espectador les pone la mano encima con la esperanza de sentir algo húmedo y baboso, algo vivo, suave y pegajoso, quizá hasta venenoso como una medusa, pero no son así: son rígidos y fríos, y parecen burlarse del espectador al ver su cara de sorpresa al sentir algo diferente a lo esperado. 

Estos seres generan, ante todo, la sorpresa de un fósil, la sorpresa de que en algo tan frío y rígido como la cerámica, hubo vida alguna vez. Y quizá sí la haya. Algunas de estas piezas tienen tentáculos pequeños o tentáculos suspendidos en el aire, como las patas de un gimnasta en un caballete, que no tocan la superficie donde reposan, pero queda para pensar la fantasía de que, quizá, cuando nadie los ve, a mitad de la noche, estos tentáculos crecen y arrastran a estas figuras imposibles. 

Simón Posada Tamayo